Reflexiones sobre crecer sin nombrar lo que dolía y sanar lo que creíamos superado.
Hay cosas que una va descubriendo recién de adulta. No porque no hayan estado siempre, sino porque nunca tuvimos las palabras para nombrarlas. A veces crecemos creyendo que somos “fuertes”, “capaces”, “independientes”, “las que resuelven todo”… y sí, lo somos. Pero no siempre por elección. A veces lo somos por supervivencia.
Hace un tiempo empecé a mirar hacia atrás y descubrí que muchas de mis reacciones, mis corazas, mis límites y hasta mi forma de vincularme tienen que ver con las famosas heridas de la infancia. No hablo de grandes traumas necesariamente; hablo de esas pequeñas experiencias que se graban sin que nadie se dé cuenta.
Te las voy a contar súper resumidas para que también puedas identificarte y, desde ahí, buscar las mejores herramientas para seguir. Porque cuando una ya es consciente de algo… ya no puede hacerse la indiferente.
La herida de abandono, por ejemplo, aparece cuando de chica aprendés que tenés que arreglártelas sola, aunque haya adultos alrededor. Esa sensación de “yo me ocupo” se vuelve parte de tu identidad.
La herida de rechazo puede surgir cuando, de niña, sentías que siempre estabas buscando quién eras, probando estilos, formas, voces… y el entorno te ponía etiquetas. No te frenaban, pero tampoco te abrazaban del todo en tu búsqueda.
La humillación, sin ser literal, deja marquitas cuando vivías con vergüenza, timidez o miedo a quedar expuesta. De adulta quizás ya lo superaste, pero sabés que ahí hubo algo.
La traición aparece cuando la confianza se rompe muy temprano. Cuando entendés demasiado pronto que tenés que cuidarte vos, porque nadie va a hacerlo mejor que vos misma.
Y la injusticia se siente cuando creciste sin reconocimiento, sin validación, sin un “qué bien lo hiciste”. Todo era plano, sin celebración. Entonces te acostumbrás a avanzar sin parar… pero siempre con la sensación de que falta algo.
Hoy veo que gran parte de mi fortaleza viene de ahí. Aprendí a poner límites, a plantarme, a defenderme. Siempre fui “la fuerte”, la que resolvía, la que se encargaba de los conflictos familiares. Y sí, eso me ayudó. Pero también me dejó con otra parte mía que pocas veces muestro: esa necesidad profunda de sentirme cuidada. De sentir que no tengo que dar nada a cambio para que alguien se quede conmigo.
Esa es, quizá, la herida más silenciosa: creer que tenés que “ofrecer algo” para que te quieran o por lo menos para mí.
No escribo esto para buscar culpables. Escribo esto porque entender nuestras heridas es la única manera de dejar de repetirlas. No para revivir el pasado, sino para poder decir: “ok, esto viene de ahí. Y ahora lo puedo mirar distinta.”
Hoy elijo verme con más compasión. Entender que mi valor no está en lo que doy, ni en lo que resuelvo, ni en lo fuerte que parezco. Mi valor está en ser yo. Y eso alcanza.
Si vos también estás en este proceso, te abrazo desde acá. Sanar no significa olvidar. Significa liberar el peso y quedarte con la sabiduría.
